Rubia sissy bien empotrada hasta correrse gritando
Llevaba días mirando cómo se le marcaban los pechos apretados bajo esa blusa ajustada, los pezones duros como piedras que se le escapaban cada vez que se movía, y hoy por fin se decidió a entrar en el baño mientras él se duchaba. Con las tetas rebotando sin control bajo la fina tela del vestido rosa que le habían obligado a ponerse, se arrodilló frente a su enorme verga morada, gruesa y palpitante, que colgaba pesada entre sus muslos depilados hasta dejarle el coño bien visible. Se la chupó con desesperación, tragando toda la cabeza hasta que la punta le rozó la campanilla, mientras los gemidos ahogados se le escapaban por la nariz mojada en saliva. Él la agarró del pelo con fuerza y la empujó hasta que casi se ahoga, gruñendo que era una zorra buena que solo quería tragarle el semen. La levantó entonces y la empotró contra el espejo empañado, con la polla bien dura partiéndole el culo virgen por primera vez, haciendo que los pliegues rosados de su entrada se estiraran hasta sangrar un poco con cada embestida brutal. Ella gritaba como una puta en celo, pidiendo más mientras el espejo vibraba con cada golpe de cadera, el sonido de carne contra carne resonando en el cuarto pequeño. Cuando por fin le enterró toda la verga hasta las pelotas dentro de su culo estrecho, ella se corrió sin poder contenerse, mojando el vestido hasta quedar pegado a su piel temblorosa, con los jugos resbalando por sus muslos pálidos mientras seguía gimiendo como una loca. Él no se detuvo hasta vaciarle las pelotas dentro, llenándole el recto de leche caliente que le goteaba por las piernas al levantarse, dejándola tirada en el suelo con el culo rojo y la polla chorreando semen. La rubia sissy no podía ni moverse, solo jadear y sentir cómo su cuerpo se relajaba por primera vez en semanas, completamente satisfecha y humillada al mismo tiempo.