Rubio repartidor me folla duro otra vez en mi casa
La rubia de tetas naturales y culo perfecto lo tenía claro desde la primera vez que ese maldito repartidor entró por la puerta: su verga enorme y bien cortada no se le escapaba ni aunque quisiera. Me trajo el pedido de pizza sudando como un cerdo, con la camiseta pegada al cuerpo marcando esos músculos que tanto me ponían, y en cuanto cerró la puerta me agarró de la cintura y me empujó contra la pared de la cocina. 'Esta vez no te vas a librar, putita', gruñó mientras me bajaba el short de un tirón, dejando mi coño empapado al aire. Antes de que pudiera protestar, ya me tenía empalada contra su polla monstruosa, clavándomela hasta las entrañas con embestidas que me hacían gritar como una loca. El sonido de mis gemidos se mezclaba con el de su carne golpeando mi culo redondo, que no paraba de temblar bajo sus manos fuertes que me abrían las nalgas para hundirse más adentro. 'Te gusta que te folle como a una cualquiera, ¿no?', me susurró al oído mientras me mordisqueaba el cuello, y yo solo podía contestar con un 'sí, cabrón, métemela toda' entre jadeos. Cada vez que se retiraba, mi coño goteaba dejando un charco en el suelo de la cocina, y él se relamía los labios antes de volver a empotrarme con furia, esta vez de rodillas frente a él para que pudiera ver cómo su verga brillaba con mis jugos. No pasaron ni cinco minutos antes de que sintiera ese calor familiar subiéndome por la espalda, avisándome de que me iba a correr como una perra en celo, y él, astuto como era, se dio cuenta y aceleró el ritmo hasta que los dos explotamos al mismo tiempo: yo gimiendo como una posesa mientras él me llenaba el coño hasta rebosar, con su leche caliente escurriéndose por mis muslos temblorosos. Cuando por fin se salió, su polla seguía dura como una piedra, brillante y goteante, y yo solo podía quedarme ahí, contra la pared, con las piernas hechas gelatina y el culo en llamas de tanto follarme sin piedad.