Arya Santana seduce a su padrasto con su gran pollón
Arya llevaba semanas coqueteando con miraditas y sonrisitas mientras su padrasto Alex Victor pasaba horas en la casa sin camisa, mostrando ese torso marcado que tanto le excitaba. Cada vez que él flexionaba los brazos o se agachaba para recoger algo, ella no podía evitar fijarse en la tienda evidente que se le marcaba en el pantalón, imaginándose cómo sería sentir esa verga negra y gruesa dentro de su coño o clavada en el culo. Hoy no iba a resistirse más, así que se le acercó con el pretexto de ayudarle a arreglar el desorden en el garaje, pero en realidad solo quería que la empotrase con fuerza. Cuando él se agachó para levantar una caja, Arya aprovechó para restregarse contra su espalda, sintiendo cómo su polla se endurecía al instante bajo el contacto de sus tetas grandes y firmes. Alex no pudo evitar gemir cuando ella le agarró el cinturón y tiró de él hacia la habitación, donde lo empujó contra la cama y se arrodilló para chuparle la verga sin piedad, sintiendo cómo se le humedecía el coño solo de pensar en lo que vendría después. Él, completamente excitado, la agarró por el pelo y le metió la polla hasta la garganta, haciendo que ella se atragantase con cada embestida mientras su lengua jugaba con los huevos pesados que le colgaban. Arya, con las medias rotas y el tanga empapado, se quitó la blusa para dejar al descubierto sus pezones duros y rosados, que él no tardó en morder mientras le metía los dedos en el coño para comprobar lo mojada que estaba. La follada comenzó en la cama, con ella a cuatro patas ofreciéndole el culo bien abierto, rogando por que la empalase sin compasión, y él no la defraudó: cada embestida le hacía gritar de placer, sintiendo cómo su polla enorme le estiraba el agujero hasta límites que nunca había imaginado. Cuando Alex se corrió dentro de ella, Arya no pudo evitar correrse también, mojando las sábanas con su leche espesa mientras los dos jadeaban como animales en celo. Ella se quedó tirada sobre la cama, con las piernas temblorosas y el coño lleno de semen, mientras él le susurraba al oído que nunca más se resistiría a sus provocaciones.