Chupada salvaje y follada al aire libre en invierno
El frío no le importaba ni un carajo cuando él le arrancó el abrigo de un tirón dejando al descubierto sus tetas duras y su coño ya empapado. Ella gimió fuerte cuando él la empujó contra el árbol más cercano, la falda levantada de un manotazo y los pantis hechos jirones a sus pies. La polla, dura como el hielo pero más caliente que el infierno, se clavó entre sus muslos sin piedad mientras le susurraba al oído lo puta que era por excitarse así con el frío metiéndosele hasta los huesos. Ella no pudo más que jadear y abrir las piernas de par en par, recibiendo cada embestida con los pezones duros y el clítoris palpitando como loco. Él la empotraba contra el tronco, el sudor mezclándose con la nieve que se derretía sobre su piel mientras sus caderas chocaban sin control. Los gemidos ahogados en la garganta de ella se convertían en gritos cuando él le metía los dedos en la boca para que se callara, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga cada vez que le llegaba más adentro. La corrida les llegó a los dos al mismo tiempo, él enterrándose hasta las pelotas y ella gritando como una posesa mientras el esperma le resbalaba por las piernas desnudas. El aire helado no pudo enfriar el fuego que les quemaba por dentro después de ese polvo salvaje a la intemperie, dejando a ambos jadeando y cubiertos de escarcha pero con el corazón a mil por hora.