Estudiante mojada pierde el strip y chupa al profe hasta correrse
Llevaba semanas mirando con esos ojos de zorra al viejo verde mientras explicaba matemáticas, pero hoy la morra no pudo resistirse cuando él le soltó un 'desnúdate' en medio de la clase. La pendeja se quitó el top sin pensar y el tipo, con la polla ya dura como una piedra bajo el pantalón, la agarró del pelo y le metió la verga hasta la garganta sin avisar. Ella tosió, escupió un poco de saliva babosa, pero no se quejó: solo abrió más la boca y dejó que le empotrara la garganta mientras le agarraba los pechos chiquitos con manos sudorosas. El viejo cabrón le pasó la lengua por el cuello sudado, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y le susurró al oído que si no lo hacía correrse en cinco minutos le bajaba la nota de un plumazo. La puta desesperada se arrodilló en el suelo frío del aula, se bajó el short ajustado hasta los tobillos y se abrió de piernas mostrando el coño depilado y brillante de tanto jugo. El profesor, con la cabeza roja como un tomate y la respiración entrecortada, se sacó la polla venosa y palpitante, la untó con un poco de lubricante casero que traía en el bolsillo y se la clavó de un solo empellón que le hizo gritar como una perra en celo. Ella se aferró a su cintura, sintiendo cómo la verga gruesa le estiraba las paredes del coño virgen mientras él la embestía con saña, haciendo que los pupitres de atrás crujieran bajo el peso de sus cuerpos sudados. Cada embestida le sacudía los pechos flaquitos, cada gemido ronco del viejo le mojaba más el coño, que ya goteaba por los muslos. El profesor, con los ojos inyectados en sangre y la boca llena de babas, le agarró la cabeza y le metió la polla hasta el fondo de la garganta una y otra vez, ahogándola en su propio vómito de semen espeso mientras le llenaba la cara de chorros calientes que le resbalaban por las mejillas, la frente y hasta le entraron en la boca abierta. La estudiante, con los labios pintados de blanco y los ojos llorosos, tragó hasta la última gota mientras se corría en silencio, apretando los muslos contra el suelo y mordiendo el borde de su falda para no gritar como una loca. Cuando el viejo se retiró con la verga flácida y brillante, ella se quedó ahí, jadeando, con la cara empapada en leche, los muslos pegajosos y el coño palpitando de placer prohibido.