La máquina folladora me parte el culo sin piedad
Ese maldito trasto de plástico negro no tiene piedad ni perdón, me está ensanchando el culo sin miramientos mientras me retuerzo sobre el colchón lleno de babas. El muy cabrón de mi amiguito travesti se ríe con esa voz de pito agudo mientras me chupa los huevos como si fueran caramelos, arrancándome gemidos que ni yo sabía que podía soltar. Me ha metido el juguete anal hasta el fondo, apretando ese botón que me hace ver estrellas blancas y me obliga a morder el cojín para no gritar como puta en celo. Cada embestida me parte en dos, siento cómo ese cilindro vibrante me masajea la próstata sin piedad, dejándome la boca llena de babas y los muslos temblando de puro placer sucio. Con una mano me sujeta fuerte por la cintura, impidiéndome escapar de esa follada mecánica que ya me tiene la espalda empapada en sudor y el culo hecho un trapo. El travesti me susurra al oído que aguanté más que los anteriores, pero yo solo puedo balbucear incoherencias entre gemidos, con la polla tan dura que duele y el culo ardiendo de tanto estirarse. De repente, el muy cerdo me gira boca arriba y me empala contra el colchón, clavándome esa máquina infernal como si quisiera reventarme por dentro, mientras me ordeña los huevos con una sonrisa de oreja a oreja. Los sonidos que salen de mi garganta son pura animalidad: gruñidos guturales mezclados con quejidos agudos, mezclando placer y dolor hasta que ya no sé dónde termina uno y empieza el otro. La máquina no para ni un segundo, sigue machacándome el culo con esa precisión de máquina de guerra, mientras el travesti me escupe en la boca para callarme los gritos y me clava los dedos en la carne como si quisiera marcarme para siempre. Ya no aguanto más, los ojos se me ponen en blanco y el cuerpo se me tensa como una cuerda a punto de romperse, notando cómo el orgasmo me sube desde los pies hasta la cabeza como un tren descontrolado, llevándose por delante toda la cordura que me quedaba. Cuando por fin la máquina se detiene, me quedo tirado como un trapo usado, con el culo goteando leche por todos lados y la polla todavía temblorosa de tanto correrme, mientras el travesti me lame los muslos con esa lengua experta que parece saber exactamente dónde me duele más.