Me escondí para empalarme el culo con un consolador
El tipo llevaba días con ganas de sentir algo grande dentro de ese agujero oscuro que solo él conoce bien, así que mientras su esposa se ahogaba en la bañera con un libro, se escabulló al dormitorio y sacó de debajo de la cama un consolador negro más grueso que su muñeca. Lo untó con saliva y lubricante casero hasta que brilló como un chorizo recién engrasado, luego se arrodilló en la alfombra con las piernas temblorosas y se acercó el gordo cilindro al culo, sintiendo cómo el frío del plástico le erizaba la piel. Con un gemido ahogado, se empujó contra la punta hasta que el primer centímetro desapareció entre sus nalgas, dilatando ese anillo palpitante que siempre le había dado miedo pero ahora ansiaba. El dolor agudo se mezcló con un placer sucio cuando empezó a mover las caderas en círculos, dejando que la verga artificial se hundiera más y más hasta que su culo quedó relleno hasta el fondo, como si lo hubieran perforado con un taladro caliente. Cada embestida resonaba en el silencio de la casa con un sonido húmedo y obsceno, el chasquido de carne contra plástico mojado que le recordaba lo puto que era disfrutar de esa manera. Las gotas de sudor le resbalaban por la espalda mientras se agarraba de las sábanas con los puños blancos, sudando como un cerdo en agosto, pero no podía parar, necesitaba más, quería que ese pedazo de goma le partiera el culo en dos. El lubricante se mezcló con el líquido que ya le escurría del agujero, resbalando por sus muslos mientras se masturbaba al mismo tiempo con la otra mano, apretando su propia polla hinchada que ya goteaba pre como un grifo viejo. Cuando el consolador le rozó la próstata con cada embestida, un espasmo le recorrió la espalda y un gemido largo y quebrado se le escapó de la garganta, mezclando placer y vergüenza, porque su esposa estaba a dos metros de distancia y podría escucharlo si no se tapaba la boca con la mano. Pero ya no le importaba nada, solo quería correrse como un animal, sintiendo cómo el artefacto le estiraba el culo hasta el límite antes de soltar un chorro espeso de leche caliente que le manchó el vientre y las sábanas, mientras su cuerpo temblaba como si le hubieran electrocutado los huevos.