Puta sumisa con coño peludo en jaula de castidad
La zorra llegó con sus tetas bien botando bajo ese vestido ajustado que le marcaba hasta el último lunar, pero al ver la jaulita de acero brillando sobre la mesita ya sabía que hoy no habría ni un puto gemido sin su permiso. Él le ordenó arrodillarse y abrir bien las piernas mostrando ese monte oscuro que tanto le ponía, mientras ella se mordía el labio imaginando cuánto tardaría en romperle la regla de no correrse sin su polla adentro. Con un clic metálico le ajustó la jaula al pequeño tronco que le colgaba entre las piernas, dejándola más humillada que nunca cuando le recordó que ese coño peludo no vería un orgasmo en semanas. Ella gimoteó, pero el sonido se ahogó cuando él le metió el dedo índice hasta el nudillo dentro del coño, sintiendo cómo ya estaba empapada por la sola idea de someterse. La empujó contra la pared y le ordenó que se agachara en cuatro patas, jadeando mientras le azotaba el culo con la palma abierta hasta dejarlo rojo y ardiente, gritando que esa noche aprendería a obedecer. Cada movimiento de sus caderas era un suplicio porque la jaula le rozaba el clítoris con cada paso, recordándole que su placer ya no le pertenecía, solo a él. Cuando por fin le soltó la jaula y se la clavó de una sola estocada, ella chilló como una perra en celo, sintiendo cómo la polla fina pero implacable le llegaba hasta las entrañas mientras él le susurraba al oído que si se corría antes de tiempo la dejaría castigada otro mes. Las embestidas eran lentas pero brutales, cada una arrancándole un gemido que se mezclaba con el sonido de sus huevos golpeándole el coño peludo sin piedad, hasta que él decidió que era hora de terminar y le ordenó correrse sobre sus propios muslos, pero sin dejarla llegar al orgasmo. La dejó retorciéndose en el suelo, con las piernas temblorosas y el coño goteando de frustración, mientras él se reía y guardaba la llave de la jaula en el bolsillo, recordándole que su sufrimiento apenas comenzaba.