Monja sumisa recibe azotes y follada brutal
El hábito blanco ya estaba en el suelo cuando él llegó con el cinturón en la mano y la mirada de dueño, ordenándole que se arrodillara sobre la alfombra persa del hotel de lujo. Sus pezones rosados se endurecieron al instante al sentir el cuero rozando su culo virginal mientras las amarras le apretaban las muñecas, dejándola completamente a su merced con las piernas temblorosas y el coño chorreador de excitación prohibida. Él no perdió tiempo, le agarró el pelo con fuerza y le metió la polla hasta la garganta sin piedad, escuchando cómo ahogaba gemidos con cada embestida que le llegaba hasta la campanilla, mientras sus tetas pequeñas se balanceaban al ritmo de los azotes que le caían en la carne palpitante. La monjita, convertida en una puta dispuesta a todo, abrió más las piernas para que él le metiera los dedos en el coño empapado, sintiendo cómo sus jugos le resbalaban por los muslos mientras le susurraban improperios al oído: 'puta de dios, qué bien te corres cuando te castigo'. La cama crujía con cada empotramiento brutal en su culo virgen, que se abría como una flor bajo sus embestidas salvajes, dejando escapar gritos roncos entremezclados con los sonidos húmedos de su sexo siendo usado sin contemplaciones. Él le ordenó que se pusiera en cuatro patas, le azotó la espalda con el cinturón hasta dejarle marcas rojas que brillaban bajo la luz dorada de la habitación, mientras su coño chorreante goteaba sobre las sábanas de seda. Con una mano le sujetaba el cuello y con la otra le metía la polla por detrás, arrancándole un alarido de dolor y placer cuando sintió cómo su agujero se resistía antes de ceder, dejándose llenar hasta el fondo mientras él le escupía en la cara y le ordenaba que no parara de gemir su nombre. La monja, convertida en su esclava personal, no podía más que obedecer, corriéndose con espasmos violentos que le sacudían todo el cuerpo mientras él le llenaba el coño de leche espesa, marcándola para siempre con su esencia. El olor a sexo, sudor y cuero llenaba el aire mientras él le daba los últimos embistes, dejándola tirada sobre la cama con las piernas abiertas y los muslos empapados, completamente satisfecho de haberla convertido en su putita sumisa.