Sus piececitos me vuelven loco chupándolos sin parar
Desde que la vi apoyándose en la barra del bar con esos tacones de aguja y esos dedos pintados de rojo pasión, supe que iba a terminar con la boca llena de sus piececitos. Me acerqué sigilosamente mientras ella se retorcía el cabello negro entre los dedos, sus uñas largas acariciando el borde de su copa de tequila. Con un gemido ahogado, le agarré el tobillo y le lamí los dedos uno por uno, sintiendo cómo el sabor dulce de su sudor mezclado con el esmalte me volvía loco. Ella soltó un suspiro entrecortado y me empujó contra el sofá, obligándome a arrodillarme frente a sus piececitos perfectos, esos que ya estaban mojados de tanto que se excitaba al sentir mi lengua recorriendo cada grieta entre sus dedos. La zorra dominante me agarró de la nuca y me forzó a chupar con más fuerza, mientras su otra mano se deslizaba entre sus piernas para frotarse el coño empapado. Yo obedecía como un esclavo, con la polla dura como una roca golpeando contra mis pantalones, deseando enterrarme en su interior al mismo tiempo que devoraba sus piececitos. Ella me azotó el culo con el talón de su zapato, ordenándome que le lamiera el arco del pie hasta que gimiera sin control, su voz ronca ordenando que no parara hasta dejarla exhausta. Cuando por fin me dejó respirar, me arrastré entre sus piernas para enterrar la cara en su coño, pero ella me detuvo con un empujón y me señaló sus piececitos, exigiendo que siguiera chupándolos mientras sus gemidos llenaban el cuarto. Sentí cómo su clítoris se contraía contra mi lengua y supe que estaba a punto de correrse, pero antes de que pudiera llegar, me obligó a cambiar de postura: se sentó en mi cara con esos piececitos apretando mi nariz, ahogándome en su aroma a sexo y lujuria mientras yo seguía lamiendo cada rincón de sus pies. La muy puta se corrió gritando mi nombre, sus piececitos temblando contra mi boca mientras yo tragaba cada gota de sudor y excitación que brotaba de su piel. Después de que se desplomó sobre el sofá, exhausta, me miró con una sonrisa perversa y me ordenó que no me moviera hasta que terminara de limpiar cada milímetro de sus piececitos con la lengua, sin dejar ni un rastro de esmalte ni de humedad.