Rubia gruesa se corre en hotel con polla gigante
La morena entrada en carnes, con unos pechos que rebosan por encima de su top ajustado de encaje rojo, llegó al hotel con un outfit que dejaba poco a la imaginación: una minifalda que apenas le tapaba el culo prieto y un escote que amenazaba con reventar los botones cada vez que respiraba hondo. El recepcionista no pudo evitar quedarse mirándole el escote y la curva de sus caderas mientras firmaba el registro, pero ella solo soltó una risita de superioridad y se balanceó las tetas con descaro antes de subir a su habitación. Al entrar, se quitó el sujetador de un tirón y sus enormes pechos quedaron libres, pesados y con los pezones duros como piedras, mientras se acercaba al espejo para retocarse el maquillaje con los dedos bien untados de lubricante. No tardó en empezar a masajearse el coño empapado por encima de las medias, gimiendo bajito mientras imaginaba a alguien empotrándola con fuerza desde atrás. Justo cuando estaba a punto de correrse sola, sonó el timbre y ahí estaba él: un moreno musculoso con una verga que parecía salirle del ombligo, sudando solo de pensar en lo que le iba a hacer. Ella se tiró sobre la cama boca abajo, levantando el culo bien alto con las piernas abiertas, mientras él le arrancaba el tanga de un tirón y le escupía en el coño mojado antes de clavarle la polla hasta el fondo. Los gemidos de ella resonaban por toda la habitación mientras él la empotraba con embestidas brutales, el sonido de los choques de carne se mezclaba con los gritos de placer y el olor a sexo llenaba el aire. Cada vez que él llegaba hasta las pelotas dentro de ella, la morena arqueaba la espalda como si fuera a partirse en dos, con los pezones rozando las sábanas y las tetas aplastadas contra el colchón. Cuando por fin él se corrió dentro, descargando su leche bien caliente hasta hacerla gotear por las piernas, ella se quedó temblando, con la cara enterrada en la almohada y los muslos temblorosos por el orgasmo más intenso que había sentido en años.