Lara se corre a chorros con un tótem mágico excitante
Desde que Lara encontró aquel tótem extraño en el mercado de pulgas, sus noches ya no eran iguales: cada vez que lo frotaba entre sus piernas, su coño ardía en deseos incontrolables y su ropa interior terminaba empapada en segundos. El primer día, solo fue un roce contra su clítoris mientras se masturbaba en la bañera, pero el artefacto vibraba con una energía perversa, como si supiera exactamente cómo hacerla gritar. Al tercer día, ya no pudo resistirse y se lo metió hasta el fondo por el culo, sintiendo cómo la polla imaginaria de la figura la empotraba sin piedad mientras sus tetas rebotaban al ritmo de sus gemidos. El tótem no solo le daba placer, sino que la transformaba: su piel brillaba con un sudor ansioso, sus pezones duros como piedras y su coño chorreando jugos cada vez que la corriente eléctrica del artefacto le recorría el cuerpo. Para el quinto día, ya no era solo masturbación: se lo clavaba contra la pared del baño mientras un tipo musculoso de la taberna de al lado la embestía por detrás, sus caderas chocando con un sonido húmedo que resonaba en el pasillo. El tótem, ahora pegado a su cadera, vibraba en sincronía con cada embestida, alargando su orgasmo hasta que Lara no pudo más que llorar de placer, su coño inundando el suelo de leche espesa mientras el desconocido le llenaba el culo de semen caliente. Lo peor —o lo mejor— es que el artefacto no se conformaba con una sola corrida: cada vez que se corría, el tótem absorbía sus jugos para recargarse y volver a la carga, dejándola exhausta, con las piernas temblorosas y la ropa pegada al cuerpo por los chorros que seguían brotando sin control. Al final, Lara terminó follando con media aldea en un frenesí de cuerpos sudados, tetas rebotando y pollas golpeando su coño y su culo sin piedad, todo mientras el maldito tótem brillaba en su cadera, testigo silencioso de cada corrida que la dejaba más mojada y más necesitada de más.