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Erza y kaido follan como perros salvajes

10:36 1080P 4 Animados
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Estúdio Aisgi

Erza llegó con ese vestido ajustado que se le pegaba al coño como una segunda piel, moviendo las caderas de forma que hasta el más tímido se pondría como una moto al verla. Kaido, con esa polla gruesa que siempre le asomaba el prepucio cuando se excitaba, no pudo resistirse y la agarró por el culo apretándole los cachetes hasta que ella soltó un gemido que le erizó la piel. En menos de un segundo ya le había arrancado las bragas, dejándola con el coño empapado y los labios hinchados de tanto deseo. Él la empujó contra la pared, le levantó la falda y le metió dos dedos bien profundos mientras con la otra mano le agarraba el pelo para que no se moviera. Ella jadeó cuando sintió su lengua recorriéndole el clítoris, lamiéndolo con movimientos circulares que la volvieron loca, mientras él gruñía como un animal al notar cómo se contraía su entrada. Kaido no aguantó más, se bajó los pantalones y sacó esa verga palpitante que ya goteaba pre-semen, lista para reventarle el coño a golpes. Erza se dejó caer de rodillas, abrió la boca como una puta hambrienta y se tragó hasta la última gota de su sabor salado, chupando con tanta fuerza que a él le temblaron las piernas. Sin avisar, la levantó en vilo, le abrió las piernas y se la empotró de un solo empujón que la dejó sin aire, sintiendo cómo su polla abría paso entre esos jugos que ya le resbalaban por los muslos. Las embestidas eran brutales, con cada golpe le golpeaba el útero hasta hacerla gritar, mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba obscenidades al oído. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos ahogados de Erza, que ya no podía articular ni una palabra coherente. Kaido le agarró las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones hasta hacerla llorar de placer, mientras aceleraba el ritmo hasta que sintió que los jugos de ella le empapaban la entrepierna. En el último instante, la sacó, le dio la vuelta y se la folló por detrás con una violencia que la dejó temblando, agarrándose a la mesa para no caerse mientras él le llenaba el coño de leche caliente que le corría por las piernas. Cuando por fin se corrieron juntos, los dos quedaron jadeando, sudorosos y pegajosos, con las pieles enrojecidas y el aire lleno del olor a sexo y desesperación.

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