Esposa saudí se corre gritando follada salvaje en casa
Llevaba días con la mirada fija en su trasero redondo cada vez que el marido salía del baño con la toalla colgando de la cintura, pero hoy no pudo aguantar más y la agarró por el cuello del vestido mientras la empujaba contra la pared del comedor. La tela del ajustado abaya se le arrugó al instante contra sus caderas generosas, dejando al descubierto esas tetas naturales y pesadas que tanto lo volvían loco, y ella ni siquiera intentó resistirse cuando le bajó el pantalón hasta los tobillos para dejar su polla gruesa bien dura apuntando directo a su coño depilado y brillante de excitación. Con un gemido ahogado que le salió desde el fondo de la garganta, él la levantó por las nalgas y la empaló sin aviso sobre su verga, sintiendo cómo su coño se abría como una flor mojada bajo cada embestida brutal que le clavaba hasta el fondo. Ella chilló como una puta en celo, arañándole la espalda mientras sus pechos rebotaban salvajes con cada golpe de cadera, las tetas chocando entre sí mientras él la follaba sin piedad contra la mesa de la cocina, los platos vibrando con el golpe seco de sus cuerpos. Entre gritos y maldiciones en árabe mezclado con gemidos, ella le suplicó que la llenara bien, que le metiera hasta las pelotas en su coño palpitante, y él no necesitó más incentivo para clavársela más profundo, sintiendo cómo sus jugos resbalaban por sus pelotas mientras la embestía con furia animal. Cuando por fin el marido sintió que el orgasmo le subía por la columna vertebral como un rayo, la giró de golpe para que quedara de espaldas contra el mueble, le levantó una pierna y le metió la polla hasta el fondo del culo con un solo empujón que la dejó sin aire, y así, entre gemidos ahogados y temblores, ambos se corrieron juntos en un charco de sudor y fluidos, ella gritando como una posesa mientras él le vaciaba las pelotas dentro hasta que no quedó ni gota. Al terminar, ella se quedó jadeando contra la madera del mueble, con su coño bien abierto y la polla del marido aún dura dentro, goteando leche caliente que resbalaba por sus muslos mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba al oído lo puta que era su esposa saudí cuando se ponía como una loca. La escena terminó con ella arrodillada en el suelo, chupándole la verga empapada de sus propios jugos mientras él le agarraba la cabeza para que no se moviera, hasta que por fin el último chorro le explotó en la garganta y ella tragó todo sin dejar ni una gota, con los ojos brillantes y una sonrisa de satisfacción en la cara.