Madrastra y hijastro se empalman en el hotel
Ella llegó del viaje con unas medias de red que le marcaban el culo gordo como un melón maduro y un vestido ajustado que no dejaba nada a la imaginación. Él, con solo verla salir del baño con esa tanga negra que se le hundía entre los cachetes, sintió que la polla se le ponía dura como una piedra. Sin decir ni una palabra, ella se quitó las medias con un movimiento lento, dejándolas caer sobre los zapatos de tacón que aún llevaba puestos, mientras él se deshacía del cinturón con manos temblorosas. Él la agarró de la cintura, pegando su pecho contra esa espalda sudorosa que olía a perfume barato y sexo reprimido, y le arrancó la tanga de un tirón que hizo que el elástico le dejara marcas rojas en la piel. La madastra gimió cuando él le mordió el cuello, sintiendo cómo su coño se mojaba al instante, empapando incluso la tela de sus leggings negros que le ceñían las nalgas como una segunda piel. Él la empujó contra la pared del cuarto, subiéndole el vestido hasta la cintura y dejándole al descubierto ese culo grande y firme que tanto le había obsesionado en las fotos que ella le mandaba borracha por WhatsApp. Con un gruñido gutural, él se arrodilló y le lamió el coño por encima de los leggings, sintiendo cómo la tela se le pegaba a los labios por la humedad que ya le chorreaba entre las piernas. Ella se agarró de los hombros de él, clavándole las uñas en la espalda mientras él le bajaba los leggings hasta los tobillos y le metía dos dedos bien dentro, estirándole el coño hasta hacerla aullar de placer. Él se levantó de golpe, le escupió en la raja del culo y, sin aviso, se la empaló de una sola embestida que la dejó sin aire y con los ojos en blanco. Ella gritó como una puta en celo, moviendo las caderas para que él le metiera la polla hasta el fondo, sintiendo cómo el glande le rozaba el útero con cada arremetida brutal. Él le apretó los pechos por encima del vestido, tirándole de los pezones hasta que ella se corrió con un espasmo que le hizo temblar las piernas y soltar un chorro de leche espesa que le resbaló por los muslos. Él no paró, siguió embistiéndola como un animal, sintiendo cómo su verga se hinchaba dentro de ella hasta que el semen le inundó el coño, dejándola llena y goteando mientras él se desplomaba sobre su espalda, jadeando como un perro después de correrse como un salvaje.