Madrastra rubia me calienta con sus muslos en invierno
La noche estaba helada, pero el calor de mi madrastra lo derretía todo. Desde que llegó a vivir con nosotros, no podía dejar de mirarle las piernas, siempre expuestas bajo ese vestido ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo. Un día, mientras veía la tele en el sofá, ella se sentó a mi lado y cruzó las piernas, dejando al descubierto su coño mojado bajo el encaje del tanga. No pude resistirme y le puse la mano en el muslo, sintiendo cómo su piel ardía. Ella me miró con esos ojos azules que me volvían loco y me susurró que me acercara más. Sin pensarlo, le arranqué el tanga y le metí la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su coño apretado me envolvía. Cada embestida la hacía gemir más fuerte, mientras yo le agarraba las tetas y le mordía los pezones. Cuando ya no aguanté más, me corrí dentro de ella, llenándola de mi leche caliente. Al terminar, ella me sonrió y me dijo que esto sería solo el principio.