Chico tatuado se deja fistular el culo brutal
El tipo musculoso ya venía con la mirada perdida cuando lo vi en el gimnasio, sudando como un animal y con esos tatuajes que le cubren hasta el cuello, pero fue cuando se agachó para levantar las pesas que se le marcó el culo prieto bajo el short que le queda chiquito. Me acerqué sin pensarlo dos veces, le toqué el hombro y le susurré al oído que necesitaba que me metiera los dedos bien hondo, que su agujero me tenía loco desde hacía semanas. Él ni pestañeó, solo gruñó como un lobo y me agarró de la nuca para estamparme contra la pared, donde me bajó el pantalón de un tirón y me escupió en el culo para empezar a abrirme con los dedos sin piedad. Los primeros nudillos entraron como si nada, estirándome sin aviso y haciéndome gritar mientras sus músculos se marcaban en los brazos al moverse como un salvaje, clavándome los dientes en el hombro para no soltar un gemido de dolor-placer que le enloquecía. Cuando ya tenía tres dedos dentro, me dio la vuelta de golpe y me empotró contra el espejo, obligándome a aguantar el peso de su cuerpo mientras me metía la otra mano por el pecho para apretarme los pezones hasta hacerme arquear la espalda. El condón ni lo usó, su verga enorme y sin circuncidar colgaba pesada entre sus piernas peludas, y antes de que pudiera reaccionar ya me la había metido hasta las bolas con un empujón que me dejó sin aire, sintiendo cómo el prepucio se le arrugaba contra mi entrada al penetrarme a fondo. Cada embestida era un castigo, sus caderas golpeaban mi culo con un sonido húmedo y sucio mientras me ordenaba que le pidiera más fuerte, que le dijera que era su puta para follarme como quería. Los tatuajes se le movían en la espalda como serpientes al tensarse con cada envite, y sus gemidos guturales se mezclaban con el sonido de mi carne golpeando contra la suya, hasta que de repente me agarró de los pelos y me obligó a mirarlo a la cara mientras me llenaba el culo con su leche espesa, caliente y pegajosa, dejándome temblando con el agujero bien abierto y el cuerpo completamente rendido bajo su peso. Cuando por fin me soltó, el sudor le chorreaba por la frente y la verga le goteaba aún dura, brillando con restos de mi leche y los fluidos que le habían salido al correrse dentro de mí sin protección. Me dejó tirado en el suelo, con el culo abierto y el olor a sexo impregnado en la piel, mientras se reía y se limpiaba la polla con la misma toalla con la que había sudado antes de follarme como un animal.