Gays se empotran en un sitio abandonado y sucio
El lugar olía a humedad y a sexo viejo, pero a ninguno de los dos les importó cuando el más grande empujó al otro contra la pared llena de grafitis. Las manos sudorosas de ambos se deslizaron bajo la ropa ajustada del primero, arrancándole la camiseta sucia en un segundo mientras sus bocas se buscaban con desesperación. El moreno, de espalda ancha y nalgas prietas, se agachó de un salto para bajarle el pantalón de cuero negro y dejar al descubierto una verga gruesa ya palpitando de ganas. El más flaco, con la piel blanca marcada por pecas y el coño prieto aún escondido bajo un tanga rojo, no pudo evitar gemir cuando sintió la punta caliente rozarle el muslo antes de que la boca húmeda y hambrienta del moreno se cerrara alrededor de su pene tenso. Entre susurros obscenos y jadeos ahogados, el flaco se agachó para chupar con fuerza esa polla que le llenaba la garganta, sintiendo cómo los testículos del otro se tensaban contra su lengua mientras él mismo se masturbaba con desesperación contra el muslo musculoso. De pronto, el moreno lo levantó de un tirón, lo giró bruscamente y lo empotró contra los ladrillos fríos, apartando el tanga con un tirón seco para dejar al descubierto un coño tan mojado que brillaba bajo la escasa luz que se colaba por las ventanas rotas. La primera embestida fue brutal, con la verga entrando hasta el fondo en un solo movimiento que le arrancó un grito agudo al flaco, cuyas uñas se clavaron en la pared mientras su culo se abría para recibir más. El moreno, con los músculos de los brazos marcados por el esfuerzo, lo agarró de las caderas y comenzó a embestir como un animal, cada golpe resonando en el silencio del lugar abandonado mientras sus pelotas golpeaban contra el culito del otro con un sonido húmedo y pegajoso. Los gemidos se mezclaban con el crujido de los ladrillos bajo sus cuerpos sudorosos, y el aire se llenó con el olor a sexo y a madera podrida mientras la verga del moreno se hinchaba dentro de ese coño que lo apretaba con avidez. El flaco, con la cara contra la pared y la boca abierta en un grito mudo, sintió cómo el otro le agarraba el pelo y le doblaba la espalda aún más para clavárselo hasta las entrañas, hasta que un espasmo violento lo atravesó y se corrió dentro con un gruñido ronco, llenándolo de leche espesa que se escurría por sus muslos temblorosos. El flaco, jadeante y con las piernas temblorosas, se corrió segundos después con un chorro caliente que manchó el suelo sucio, gimiendo el nombre del moreno entre dientes mientras su cuerpo se estremecía con cada último empujón.