Gordo se empala en polla dura de maloka y magrinho
El gordo no aguantó más los suspiros que le mandaba el maloka desde la fila del supermercado, así que lo arrinconó en el baño con un empujón de esos que hacen temblar el culo. No tuvo tiempo ni de bajarse el pantalón cuando ya le tenía la verga bien metida hasta el fondo, gruesa y palpitante, mientras le clavaba los dedos en las nalgas para que no se le escapara ni un centímetro. El magrinho, más que verlo, se moría de ganas de probar ese culazo redondo y prieto que le suplicaba con cada gemido ahogado entre los azulejos fríos. Sin pensarlo dos veces, se arrodilló y se tragó hasta la base la polla mojada de sudor que colgaba pesada entre las piernas del gordo, escuchando cómo se le escapaban esos gruñidos de animal en celo. Mientras tanto, el maloka no paraba de empotrarle el culo al gordo con embestidas que hacían crujir la madera del baño público, dejando marcas rojas en cada nalga que se abría como un abanico bajo el agua que caía del grifo abierto. El gordo, con la boca llena de saliva y la garganta seca, no podía evitar arquearse cada vez que la verga del maloka le llegaba al fondo, sintiendo cómo le llenaba hasta las pelotas de un calor que le subía por la espalda. El magrinho, con las manos llenas de saliva, se dedicó a masajearle los huevos al gordo mientras le chupaba la punta de la polla, gimiendo como una puta en celo cada vez que notaba en la boca el sabor salado de la leche que ya se le escapaba sin control. El gordo, al borde del colapso, le suplicó que no parara, que le quería sentir correrse dentro mientras le comía el culo a fondo, sabiendo que después de tanto tiempo aguantándose, por fin iba a explotar como un globo reventado. El maloka, con los ojos inyectados en lujuria y la respiración entrecortada, le agarró la cabeza al gordo y se la metió hasta la garganta mientras le embestía el culo con furia, sintiendo cómo los dos se corrían al mismo tiempo, uno dentro del otro, con chorros espesos que les bañaban las piernas y se mezclaban con el agua que seguía cayendo del grifo, testigo mudo de una follada que les dejó a los tres sin aliento y con el cuerpo temblando de placer. La pared del baño quedó manchada de semen, sudor y saliva, pero a ninguno les importó, porque lo único que querían era repetir hasta que se les acabase la fuerza.