Negro cachondo empotra al marido cachas en casa
El marido regordete llevaba días mirando de reojo cómo su vecino negro se movía en el gimnasio sin camiseta, sudando como un animal, con ese culo prieto que le ponía los huevos como dos nueces. Esa noche, después de unas cervezas y un par de miraditas más de más, el tipo no pudo aguantarse y le agarró del brazo para llevárselo al dormitorio donde la esposa dormía la mona en el sofá. El negro, con su verga gruesa y morada como una berenjena madura, le bajó los pantalones al maromo sin perder ni un segundo, dejando al descubierto un culo blanco y tembloroso que pedía a gritos que lo abrieran de par en par. El marido, aunque con miedo al principio, no pudo resistirse cuando sintió los labios carnosos del negro rodeándole el glande mientras le susurraban al oído lo bueno que iba a ser todo. El primer empellón le arrancó un gemido ahogado al gordito, que se aferró a las sábanas mientras sentía cómo ese tronco negro le abría las nalgas hasta el fondo, dejando su agujero bien ensalivado y listo para más. A los pocos minutos ya estaban sudando a mares, el negro empujando con fuerza desde atrás mientras el marido se retorcía de placer, gritando obscenidades y pidiendo más a gritos. Las embestidas eran tan profundas que cada vez que el negro le embestía hasta el fondo, el marido sentía cómo su verga rozaba la próstata, haciendo que le corrieran los jugos por las piernas hasta dejar el colchón bien empapado. El negro, lejos de parar, le agarró de las caderas y lo empotró contra la pared, follándolo como si no hubiera mañana, con el sonido de los choques de carne resonando por toda la casa. El marido, ya sin control, le suplicó que no se corriera dentro pero el negro, con una sonrisa pícara y un empujón final, le soltó toda la leche bien caliente en el interior mientras le mordía el hombro para ahogar los gritos de placer. El gordito se dejó caer en la cama, exhausto y con el culo bien lleno, mientras el negro se limpiaba el sudor de la frente y le guiñaba un ojo antes de vestirse y salir por la puerta trasera como si nada hubiera pasado. La esposa nunca supo nada, pero el marido ya tenía claro que la próxima vez que viera a ese negro en el gimnasio...